Cuenta la historia que, alrededor del año 1840, Deolinda siguió a pie los pasos de su marido, quien había sido reclutado a la fuerza por las montoneras. Con su pequeño hijo en brazos, atravesó el desierto, pero el calor, la sed y el agotamiento la vencieron. Tiempo después, unos arrieros encontraron su cuerpo sin vida, pero presenciaron un milagro: su bebé seguía vivo, amamantándose de su pecho.
La enterraron en ese mismo lugar y, con el tiempo, los viajeros comenzaron a dejarle botellas con agua para "calmar su sed eterna". Así nació una devoción popular que trasciende la religión oficial. Hoy, miles de promesantes de todo el país visitan su santuario para pedirle milagros y agradecerle los favores concedidos, dejando ofrendas que van desde vestidos de novia y trofeos deportivos hasta maquetas de casas y autos.
La Difunta Correa es más que un mito; es un símbolo de la maternidad, la perseverancia y la fe inquebrantable que caracteriza al pueblo.









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